Convivir con una persona adicta es difícil. Las familias lo saben bien, pues asisten a la destrucción de un ser querido que, a menudo, les engaña, boicotea, roba, para mantener su “enganche”. Pero como constatamos cada día en las terapias de adicciones de IT, el desconocimiento y la falta de consciencia en una sociedad hedonista y superficial conllevan actitudes de condena y rechazo de la persona que sufre. En general, se percibe su realidad como una elección consciente, libre y responsable, antes que como una enfermedad del alma, incluso fomentada por esa misma comunidad.

 

¿Nos sentimos capaces de aceptar la locura como parte de la vida? ¿Nos sentimos capaces de convivir con la locura en general? ¿Aceptamos acaso nuestra propia locura, esos momentos de debilidad en los que nos quebramos y actuamos de manera irracional, fuera de nuestro ser; cuando nos desconocemos? ¿Somos capaces de aceptar, y lo que es más difícil, acompañar la enfermedad cuando habita a nuestro lado o en nuestro interior? ¿Cómo podremos comprender la conducta de una persona adicta, entonces, si la adicción es locura en estado puro, un desequilibrio emocional y físico tan grande que acarrea una pérdida total de referencias morales?

En una sociedad guiada por la incandescencia de las pantallas y retocada con photoshop, todo lo que escape a “la norma” no encaja. Y la locura que representa y a la que conduce las adicciones a sustancias se encuentra, irónicamente, fuera de la normalidad. Irónicamente, porque ¿no es acaso esa misma cultura social la que fomenta un vacío espiritual, un éxito desprendido de trascendencia, de valores profundos? ¿La que origina la necesidad imperiosa de llenar el “hueco emocional” con sensaciones fabricadas; la fuente de toda adicción?

 

DAR SENTIDO AL SINSENTIDO

¿Cómo asimos lo inasible? ¿Cómo experimentamos el sentido de todo esto si no practicamos apenas, no nos han enseñado (si es que esto se puede enseñar), a crear ese sentido desde dentro, a partir de lo inmediato? ¿Estamos condenados a consumir estímulos externos (trabajo in extremis, drogas, objetos obsoletos, relaciones insanas) que nos reporten sensaciones con los cuales justificar que vale la pena? ¿Estamos condenados a practicar que amar(nos) implica poseer, tener, consumir-nos?

adicciones_valenciaLas familias, en general, asisten con incomprensión a los actos de locura protagonizados por un miembro adicto: las mentiras, las agresiones, los robos para conseguir satisfacer la dependencia que domina su vida.

Por un lado, nos resulta incomprensible que mi hermano, mi pareja, mi hija, mi padre… estén poseídos por “una actitud” que la sociedad condena como inmoral, sucia, indeseable. Pero que esa misma sociedad fomenta. Una vez más: ¿Cómo calmamos la ansiedad que nos provoca tanto vacío espiritual si no es consumiendo de forma compulsiva lo que esté a nuestro alcance?

 

LA CONDENA MORAL A LA PERSONA ADICTA

La persona adicta a las sustancias tóxicas se lleve la condena moral por su “actitud”. ¿Por qué parecemos incapaces de abordar la adicción de nuestro familiar como lo que es: una enfermedad? ¿Por qué es tan diferente a cuando se engripa, tiene neumonía o le diagnostican un cáncer? ¿La vemos, acaso, como una conducta racional cuyas causas atribuimos sólo a la voluntad de la persona: “es su culpa…”, “ella sola se ha metido en esto…”, “con todo lo que tiene para ser feliz…”? En otras palabras: “actúa así porque quiere; se jode la vida porque quiere; destruye nuestra familia porque nos odia”.

Por otro lado, ¿somos incapaces de acompañar? ¿Hemos aprendido a hacerlo? ¿Cómo encaja algo tan básico como acompañar en esta cultura donde la independencia individual parece reñida con el compromiso emocional; donde dar es sinónimo de perder?

 

UNA ENFERMEDAD QUE CARCOME LOS VALORES

Nuestro familiar adicto está enfermo de una patología que le conduce a actuar de forma deshonesta con su entorno y, sobre todo, con él mismo. ¿Quién se destruye física, mental y moralmente sin autoengañarse, sin mentirse? Si aceptamos esta realidad, ¿somos pacientes para buscar una solución? La paciencia parece una virtud escasa en un mundo ansioso como éste.

Sin duda, acompañar constituye una tarea titánica en una sociedad que sufre de ombliguitis aguda: enfermedad que condiciona a la persona que la padece a mirarse el ombligo de forma permanente. Y a percibir que sus necesidades son siempre las más importantes y que es la víctima principal frente a cualquier conflicto que le roce. Una patología que sufrimos casi todos y todas actualmente.

Tal vez si nos curamos de ombliguitis aguda podremos comprender la adicción como una enfermedad, y al adicto como una persona que necesita ayuda. Y quizá así podamos aparcar el juicio y la percepción de que se trata de una actitud individual racional, voluntaria e indolente.