Consumo de drogas

Cuando el consumo de  drogas está en pleno apogeo, al individuo se le plantea a diario una realidad tan cruda como su propia incapacidad de reacción. Quiero compartiros mi propia experiencia, una realidad vivida durante años cargando con una personalidad adictiva; como politoxicómano adicto al consumo de diferentes drogas y adicciones (porros, cocaína, sexo, juego, alcohol, fármacos…)

Empecé el consumo de drogas siendo muy joven, en un principio no era consciente de la trampa en la cual me estaba metiendo, así que el sufrimiento estaba asegurado.

Miedos, complejos, inseguridades e hipersensibilidad, formaron parte de los ingredientes que me asegurarían el dolor y la impotencia para afrontar mi realidad, por lo que decidí, eso si, de forma poco inteligente, recurrir a anestesiar mis propios sentimientos tapándolos. Entrar en un paraíso artificial donde el que tenía el control de cuanto sucedía a mi alrededor era yo mismo me parecía ideal o eso creía entonces. Nada que ver con la cruda realidad que me esperaba a la vuelta de la esquina.

Largas noches de fiesta tenían que justificar el consumo de determinadas sustancias. Recuerdo que durante años las consumía para divertirme, y me daban tanta “fuerza y alegría” que creí encontrar el elixir de la vida. Los años pasaron y la dependencia del consumo iba en aumento, por lo que consumir drogas ya no era sólo cuestión de salir de fiesta, se instalaron en mi vida con la intención de quedarse, y lo que en un principio era vivir consumiendo drogas se convirtió en consumir para poder vivir.

El tipo de drogas así como su cantidad fueron cambiando. Cada vez necesitaba más dosis para poder afrontar el día a día. En estos momentos lo comparo con “la adaptación de un alpinista que aclimata su cuerpo según la altura a la que está expuesto”, y cuando ya está aclimatado continua con su ascenso, bueno, pues yo, cuando me aclimataba y pasaba un tiempo expuesto a una determinada cantidad o sustancia mi tendencia era subir la dosis; buscando rencontrarme una y otra vez con las mismas sensaciones.

Lo peor era que sabía que lo que estaba haciendo no era bueno ni para mí ni para las personas que me rodeaban y me querían, sin duda y durante mucho tiempo no quería ver en lo que me estaba convirtiendo.

Sentía que se me planteaba la vida en forma de contrato, un contrato que se presentaba de la siguiente forma.

El contrato del ego

Era bien claro y decía tal cual, ¿estás mal? ¿ por qué no coges parte del dinero que no tienes, haces la vista gorda y vas a comprar una dosis más? A cambio, si sigues vivo y mientras te dure el efecto, los miedos y las frustraciones se esfumarán, vas a sentirte bien y hoy te aseguras estar “tranquilo y sin problemas”

Uff…yo, una y otra vez, decidía firmar este contrato, un contrato que me ponía delante de mis narices la parte más negra y negativa de la vida; un contrato cuya letra pequeña decía: “lo pagarás”, en ese momento de mi vida no me interesaba ver esa letra pequeña…

Os podéis imaginar lo que pasó, ¡claro que lo terminé pagando!, tantas veces como firmaba ese dichoso contrato y demás, con creces. La demanda del consumo subía, las deudas se incrementaban, mi autoestima se hacía añicos y el grado de autodestrucción era cada vez mayor, y para colmo, era consciente del daño que aquello me estaba haciendo. El deterioro era físico, psicológico y espiritual, nada más y nada menos que todo cuanto era. Conocí la ruina más profunda a la cual una persona puede llegar. Y no entro en detalles.

La pesadilla parecía no acabar nunca, pero, aun así, no dejaba de ver muy a lo lejos una pequeña luz. El problema era que estaba tan lejos y a mi parecer tan inalcanzable que no era capaz de distinguir la fuerza que contenía. Así que un día y después de largos procesos de sufrimiento y de estar harto de estar harto, decidí que nada podía perder si trataba de averiguar qué era esa luz.

Esa luz era el amor que nunca quise ver, y he dicho bien “amor”, me rendí, dejé de luchar contra mi mismo y contra la vida. Sólo entonces pude entender que el verdadero contrato, ese que me mostraba “el amor”, era un contrato donde yo tenía que poner de mi parte.

El contrato del amor

Decía, ¿quieres estar bien? Entonces hoy te va a tocar afrontar tu propia realidad, sin anestesia. Hoy vas a tener que poner de tu parte para poder ayudarte e intentarás hacer lo que te toca, y, vas a tener que aprender a hacerlo ya no desde la resignación, sino desde la gratitud. Tendrás que dejar tus miedos a un lado y trabajar contigo mismo.

La letra pequeña de este contrato decía… obtendrás grandes beneficios …

La fuerza del “amor”, es infinitamente más poderosa que la fuerza del “ego”,  por eso hoy tras un trabajo sobre mi conducta adictiva y después de varios años de no consumir ningún tipo de droga, y de haber construido por mi mismo una vida digna, puedo deciros, que uno se puede replantear la vida, da igual lo difícil que parezca. El amor no entiende de dolor ni de sufrimiento, el amor es la herramienta más sofisticada jamás inventada con capacidad para restablecer el equilibrio.

Anónimo.