En una sociedad y una cultura donde el espíritu individualista sobresale, solemos confundir con facilidad lo que implica amarse y amar de manera responsable con actuar de forma egoista e irresponsable hacia uno y quienes nos rodean. Este desorden sólo nos conduce a la dependencia emocional, según comprobamos a diario en las terapias de desarrollo personal de IT. En este artículo te explicamos cómo y por qué sucede esto.

 

¿Cuándo perdemos el timón del barco y navegamos a la deriva guiados sólo por olas de opinión ajena? ¿Nacemos dependientes emocionales o nos convertimos más o menos temprano en el transcurso de la vida?

En Inspirando Transformación comprobamos cada día de terapias que nos transformamos en dependientes. Nos entrenamos (nos entrenan) desde la infancia para ocultar nuestra identidad esencial, so pena de caer mal al grupo, de ser considerados outsiders. Por ello el programa terapéutico de IT trabaja la toma de consciencia para reforzar la expresión de nuestra autenticidad. Impulsa el cambio de actitudes vitales, la ruptura con creencias y formas de relacionarnos que nos impiden ser como somos y nos conducen al sufrimiento cotidiano.

¿Resulta, acaso, paradójico que nos entrenemos desde  pequeños para someter la individualidad a la aprobación del grupo en una cultura que se supone alienta al “individuo” como forma ideal de existir? ¿O es que la sociedad en la que vivimos promueve en realidad el individualismo, que no la identidad individual?

En otras palabras: el individualismo es una expresión básica, primitiva, del ego; es egoísmo en estado puro, inmadurez emocional, un “yoquierosinimportarmelosdemás” caprichoso y constante. La identidad individual, en cambio, consiste en aceptar nuestras diferencias, reconocer nuestra esencia y, por tanto, las ajenas. Consiste en aprovechar esa diversidad de formas de ser, de sentir, de pensar, para enriquecer el grupo. En convivir con las demás personas aportando lo que cada quien puede, compartiendo, construyendo, marcando y aceptando límites, pero de manera sana. Es decir: la individualidad pasa por poner y admitir límites desde el amor, desde la honestidad, y no desde el miedo, lo cual sólo puede conducir a actitudes irracionales, indeseables.

 

LA IDENTIDAD UTILITARIA AL GRUPO

¿Cómo se desarrolla la identidad personal en la cultura occidental del individualismo consumista? ¿Libre o encorsetada por lo que determina el grupo, el colectivo? La comunidad determina qué rasgos de nuestra identidad personal resultan loables, dignos de reconocimiento, de aceptación para formar parte de la tribu. ¿Y en base a qué valores? A si resultamos útiles para los demás. Una suerte de utilitarismo que determina nuestro éxito.

Así nos convertimos en dependientes emocionalmente de otras personas. Jueces y juezas personales que ponemos en nuestras vidas para que decidan lo que valemos, cuán buenos ciudadanos, personas, hijos, padres… somos; si servimos, si correspondemos, si cumplimos con lo que el colectivo dicta, cuánto somos capaces de complacer.

Estos valores nutren creencias y hábitos que entierran cada vez más nuestras esencias individuales. Creencias del tipo: el ser humano es, antes que nada y sobre todo, un ser colectivo, sin importar la individualidad, aminorando las diferencias, ocultándolas. Desafiar la conducta colectiva es una falta de respeto. El conflicto está servido: nos cuesta reconocernos como individuos dentro del grupo. Vivimos una lucha interna entre lo que somos y queremos, y lo que nos piden y  terminamos por aceptar como deseable.

 

OLVIDARSE DE NUESTRA ESENCIA

Si tengo que respetar al grupo, ¿debo olvidarme de mí, de lo que soy, de lo que deseo, de lo que creo, de lo que pienso, de lo que necesito…? Si queremos evitar, o no soportamos, que el juez de turno (amistades, familiares, clientes, jefes, nuestras propia creencias…) nos tachen de egoístas, de individualistas, de no tener en cuenta a los demás… ¡claro que debemos! Otra cosa es que sea saludable para nuestro espíritu, nuestra mente, nuestro cuerpo. De hecho, es fácil que quienes despliegan una identidad individual más firme, más desarrollada, carguen con todos esos calificativos sólo por saber decir “no” en determinadas circunstancias; por mantener sus ideas, sus gustos, su actitud auténtica.

Las personas dependientes emocionales sabemos la angustia, el sufrimiento, que genera no cumplir con las expectativas ajenas. Expectativas que terminan por configurar nuestra visión de la realidad: la varita con la que medimos lo que está bien, lo que debemos hacer. No sabemos, no nos enseñaron, a hacerlo de otra forma. Estamos recién encontrando la fórmula para respetar nuestra esencia a la vez que respetamos la de los demás. Esto es lo que trabajamos, precisamente, en las terapias de Inspirando Transformación.