Nacimiento y relación con la comida

La odisea saturnina comienza en el nacimiento mismo e inmediatamente como un contrapeso a la irrupción sol-lunar de la vida. La evacuación de la cálida burbuja acuática del vientre materno es una venida al mundo que nos sumerge en la primera sensación de frío de nuestra existencia. – ¡Brrr!… – mientras que el corte del cordón umbilical -primer golpe de hoz de Saturno,- nos separa orgánicamente de nuestra madre.

A esto se agrega aún el efecto primordial del encuentro-choque del miedo, vivido inconscientemente con angustia, se vuelve de golpe, cara al movimiento de la vida, la sensación y la reacción tipo del sentimiento de vivir saturnino: el miedo que como el frío, adherido a él en un mismo escalofrío, inhibe, contrae, frena, paraliza; el miedo que hace temer lo exterior, nos hace retroceder ante la vida y nos repliega en nosotros mismos.

Primer minuto de nuestra vida

El tono está enteramente dado: Saturno está presente en el primer minuto de nuestra vida. El recién nacido continúa dependiendo de su madre, la alimentación pasa a ser el centro vital del crío, destinado a la dicha jupiteriana de una succión sobrada o a la penuria saturnina de hambre no satisfecha.

Con este cordón umbilical digestivo, estamos en plena “fase oral” donde la libido del bebé, centrada en la zona bucal, está centrada en el acto de mamar. El pequeño ser lleva todo a su boca en un proceso de incorporación cuya réplica psíquica será un fenómeno primordial de introyección, a más de una orientación caracterológica de introversión.

La oralidad del mito es flagrante cuando Cronos “devora” a sus propios hijos…

Psicología y nutrición

Cuando se da el caso que el psicoanálisis da cuenta del carácter del individuo que oralmente fue satisfecho, pinta un cuadro de buen vivan, consumista despreocupado, expandido en la alegría que dilata y la simpatía cálida: una réplica típica del jupiteriano. En individuos no satisfechos, el cuadro no puede ser más saturnino: el tono gris de un humor huraño y una falta de ímpetu: un ser más bien lento y poco dado al esfuerzo, menos inclinado a crecer que a protegerse y a replegarse en sí mismo.

Aprovechemos para evocar algunos estados similares asociados al astro: esterilidad, delgadez, restricciones, carencias, penurias, el hambre, la pobreza; la falta, resumiendo, percibida como pérdida. Para acabarlo de decir, la familia de los quejosos.

La dependencia de la madre no sólo es alimentaria, ya que el cordón umbilical es también psíquico. Se puede sentir el corte con la venida de un hermano/a, que obliga a compartir el afecto parental, al entrar en el parvulario, luego en la escuela, en toda ausencia o alejamiento de los suyos, etc… Tal es el verdadero hilo de Ariana del logos de nuestro planeta.

La vida pesa

La experiencia saturnina de vivir revela ser así un ascetismo obligado, a través de un ejercicio continuo de descarga/carga, que es vivido como una pérdida de no-yo: de deposición en privación, de alejamiento en abandono, por cortes y desapegos sucesivos, desde la adherencia placentera en el Todo del Rey-Bebé, el ser se despoja progresivamente de aquello que no le pertenece y se reduce en su sí-mismo en el camino de un repliegue sobre sí.

El rey desnudo… Si bien que el ser Saturno que está en nosotros es una suma de sustracciones en un movimiento centrípeto imbuido de profundidad y concentración. Significativa además es la atribución anatómica del astro del esqueleto – las veintiocho vueltas del año saturnino evocan a las veintiocho vértebras de la columna vertebral – siendo el hueso la materia más dura y la que desafía al tiempo.

Alimento y tiempo

El tiempo, el alimento precioso del saturnino. En medio de un carácter en principio el más sólido y el más estable de todos, se tiene la réplica psicológica en los cimientos de los reflejos de defensa – alimentada por el miedo, esta pujanza primera,- que se puede asimilar, (si me excusáis la simplificación) al “instinto de conservación“, verdadera fortaleza, soberana función saturnina a la que todo nos retrotrae.

En primera instancia, fuerza vital injertada sobre la apetencia nutritiva, este es el precipitado de reacciones adquiridas, sedimentación de hábitos tomados y fijados, capital de protecciones y de resistencias detrás de las cuales, el saturnino es inclinado a aparcarse y a encostrarse retorciéndose en su lote, ciertamente, pero en provecho de una profundización viniéndole notoriamente de su fuerte “secundaridad”: persistencia de la impresión recibida, abriendo su surco, dejando su traza, haciendo prolongar el pasado en el presente… la trama de una continuidad tranquilizadora.

El miedo el gran enemigo

El miedo es en filigrana de buen número de rasgos de carácter saturnino, como si estuvieran a su servicio: autocontrol, calma, observación, reflexión, paciencia, prudencia, previsión, timidez, reserva, duda, miedo, inquietud, desconfianza… Un paso más y este “instinto de conservación” halla su mejor abrigo con la coraza del egoísmo.

 Su manera saturnina de protección es de ponerse un cerrojo, de cerrarse al mundo aislándose en la insensibilidad, una especie de anestesia afectiva al sufrimiento: no apegarse para no perder, no amar para no ser abandonado… toda una panoplia de rasgos de carácter saturninos contribuye a ello. Severidad, exigencia, abstinencia, continencia, mutismo, distancia, indiferencia, impasibilidad, frialdad, misantropía… todo un comportamiento general de una contención o de una represión de la sensibilidad, de la afectividad y sufrimiento.

La protección del intelecto

No es de extrañar que el tipo puro saturnino de Tierra, sea un cerebral. En él, el miedo inicial retiene al impulso vital y retiene por lo tanto a la espontaneidad; el pensamiento substituye a la emoción y a la sensación de vivir, como si el ser se hubiese enfriado.

Por esta vía a menudo hace intelectual, como lo testifica la angularidad del astro en los sabios, en quienes la inteligencia es dada a retroceder y destaca entonces en lo conceptual y en la abstracción. También, está al servicio del “instinto de conservación” que es esta actividad mental ya que es también un mecanismo de defensa contra la angustia del vivir.

A pesar de estos juicios críticos, este proceso saturnino cerebralizador no deja de ser un fenómeno prodigioso. Esencialmente, es gracias a él que evolucionamos: es el gran liberador de nuestras torpezas y opacidad animal, el que nos libra de la cadena de nuestros instintos, de la prisión de nuestras pasiones, a más de hacer de palanca para nuestro ascenso intelectual, moral y espiritual. Poca verdadera grandeza humana hay sin esta última conquista de sí, a la cual, él conduce.

Se trata, va de suyo, del haber superior de un Saturno vivido conscientemente y asumido voluntariamente. Se optó por las virtudes y se recogen sus frutos. Es un asumirse por el yo, que es consciencia y voluntad. Este tipo de saturnino es generalmente un individuo realizado, que aprecia más su triunfo debido a su solo esfuerzo y sintiéndolo como una ascensión capricorniana.

De regreso a la primera infancia

Pero, muy a menudo el Saturno que nos habita es vivido inconscientemente y más que nada, lo padecemos. Es él que nos hace volver psíquicamente al estadio oral de nuestra primera infancia. Tal tipo de regresión choca al tejido afectivo del ser. Este se encuentra ante un problema de avidez, tendencia captadora sujeta a bloquearse o a salir de la opresión bajo los aspectos de un Jano original anorexia/bulimia.

Por los golpes de hoz saturninos, el abandónico tiene en efecto, dos maneras de actuar: como renunciante y como reivindicante.

 El primero, acepta el abandono, se resigna a largar prenda, soportando el desapego como una falta que hay que olvidar, una pérdida a esponjar; se vuelve maduro de forma precoz, hasta el punto de ser a veces demasiado viejo desde muy pequeño; anoréxico afectivo, toma el camino del desapego personal y es, a su manera, una roca.

Chupándose el dedo y aferrándose al delantal materno, el segundo es un mal destetado que se engancha obstinadamente, fijado a lo que quiere obtener, queriendo llenar un vacío, y “llenándose”. El contrariamente es un ser que no sale de la infancia, bulímico, con problemas maternos, algo larvoso, muy a menudo un alma a la deriva, expuesta al naufragio interior.

Bipolaridad y personalismo

Tenemos así que se puede establecer todo un abanico de esta bipolaridad saturnina:

  • el anoréxico – el bulímico
  • el renunciador – el reivindicador
  • el distanciado – el aferrado
  • el indiferente – el celoso
  • el insensible – el hipersensible
  • el asceta – el buen vivan
  • el dimisionario – el que va hasta el límite
  • el escéptico – el fanático
  • el verdugo – el indolente
  • el desesperado – el libertino
  • el impersonal – el egocéntrico
  • el desinteresado – el cupido
  • el sobrio – el intemperante etc.

Estos dos polos interfieren como la noche y si bien el saturnino corriente no está alineado automáticamente alineado sobre la totalidad de una u otra de estas columnas, cada cual teniendo una composición mezclada que lo personaliza, como la piel rayada de una cebra.

André Barbault