Desde los 12, esta persona que asiste a las terapias de Inspirando Transformación comenzó a engullir comida y vomitarla de forma sistemática. A sus 55 busca superar ese trastorno, que tiene profundas causas emocionales. En este artículo te contamos qué despertó en ella esta conducta y qué está haciendo en IT para superarla después de tanto tiempo.

 

Viernes por la mañana. Consulta de IT. Entra por la puerta una mujer muy elegante, con un físico estilizado y cuidado a base de gimnasio y una que otra cirugía estética que disimulan muy bien sus 55 años. Digamos que se llama… Ana. Observo en ella una actitud agradable, encantadora, siempre dispuesta a conciliar antes que a chocar. Insiste en demostrarme que el conflicto no va con ella. ¿Por eso intentará caer bien allá adonde va? ¿Adaptarse a las circunstancias? ¿Guardar formas y aspecto a tono con los estereotipos sociales de “buen ver”? ¿Cuán elevado será el coste interior de su actuación?

candy chocolate delicious 4644 1024x683 - ¿Cómo busca Ana vencer a la bulimia después de 40 años?Y es que todas las personas cuando entramos por esa puerta por primera vez, como Ana, lo primero que lucimos es el personaje. Nos duele horrores, no sabemos, mostrarnos como somos. Pero a medida que avanza la sesión terapéutica, cuando nos sentimos escuchados, comprendidos, no juzgados, acompañados… entonces nos relajamos, nos rendimos, nos quitamos esa gran losa de encima que nos oculta, y aflora nuestro yo auténtico. Entonces, Ana se descubre.

Ana tiene un problema grave. Desde los 12 años se esconde para engullir comida sin límite y luego vomitar. Ana es lo que se conoce como una persona bulímica. Y lo primero que su historia de vida me confirma es, una vez más, que para que alguien sufra trastorno bulímico no debe presentar  obesidad, ni siquiera sobrepeso. Debe, básicamente, sentir un vacío emocional profundo que duele y que necesita llenar con algo.

Seguramente por eso Ana se mete en exceso en el cuerpo algo que simbólicamente representa placer, nutrición y amor, como es la comida, y luego la devuelve, la echa fuera, porque le duele físicamente tanto descontrol provocado por la ansiedad, por no poder parar. Pero sobre todo, porque en ese acto desesperado por eliminar el dolor estomacal también busca arrancar el dolor emocional de sus entrañas. Un dolor siempre causado por una carencia afectiva temprana, de cuando niña, que en la mayoría de los casos deriva en conductas bulímicas en la misma infancia o en la adolescencia.

 

LA FALTA DE AFECTO COMO DISPARADOR DE LA BULIMIA

Desde entonces, Ana sufre en solitario. Al sentirse escuchada sin crítica, comprendida, se da permiso para mostrarme detrás de ese escaparate reluciente una oscura trastienda llena de carencias afectivas, de actitudes superficiales que otorgan excesivo poder a lo material (a “tener” antes que a “ser”) y de grandes demandas de atención. Una trastienda que Ana evitó ordenar durante todos estos años, como sucede a muchas personas.

¿Nos cuesta poner orden en nuestro interior porque nos duele y nos atrevemos a hacer un trabajo de consciencia? ¿Consciencia de nuestra nutrición, de la responsabilidad sobre nuestro cuerpo, nuestras emociones, nuestras lagunas afectivas? ¿Será por ello que nos sumergimos en estados de egocentrismos en el que las necesidades e intereses más primitivos, menos evolucionados, más pobres espiritualmente, ocupan toda prioridad en nuestra vida?

 

ORÍGENES FAMILIARES

Ana es la segunda de seis hermanos. Desde muy pequeña sintió la desatención de su madre, que debía ocuparse de los tres más pequeños. Ella tampoco tenía una relación fluida con el mayor ni con la que le seguía. Sus necesidades afectivas y de todo tipo se vieron relegadas por las responsabilidades que debía asumir, impropias de su edad, para alivianar el trabajo materno. terapias_bulimia_valenciaEmpezó a sentirse rara, le costaba conectar emocionalmente con las personas dentro y fuera de la familia. Comenzó a aislarse, se miraba al espejo y veía a una niña sola, desamparada, poco querida.

En la pre-adolescencia, Ana descubre una práctica que primero le satisface físicamente, como cuando la tierra está seca y recibe un poco de agua, pero de inmediato la hace sufrir.  Comer con gula, de todo; se llena. Luego va al baño y lo vomita. Llora de a ratos. Pero no le cuenta a nadie lo que hace, nunca, aunque le duela profundamente. Hubo temporadas en su vida en que el procedimiento fue más habitual, y otras, más distanciado. Pero siempre la necesidad de hacerlo ha estado relacionada con situaciones de miedo, inseguridad, tristeza, melancolía, y una gran falta de afectividad y amor. Y aquí cuenta su marido actual, a quien describe como una persona fría, racional, lógica, pero con un gran poder material. ¿Casualidad? Para nada…

 

DEPENDENCIA MATERIAL, POBREZA EMOCIONAL

Proveniente de una familia modesta, Ana siempre ha alimentado un excesivo interés por los placeres superficiales, materiales, económicos. Su figura y atuendos lo reflejan: aunque ella no lo sabe, no se da cuenta, está obsesionada con la imagen. Su atractivo físico, que oculta su verdadera edad, va de la mano de la cirugía estética. Buscó y alcanzó la holgura económica, el posicionamiento, a través de la relación con los hombres. Ahí aparece su marido, con quien también demuestra una dependencia emocional que ha hecho añicos los intentos de separación de una persona que le niega cariño y dulzura y que aprovecha, según dice ella, el poder económico para amarrarla.

La dependencia emocional de su pareja se agrava con la de tipo económico, pues los ingresos de éste le permiten a Ana mantener el nivel de vida que desea. Un status que sus miedos e inseguridades la hacen sentirse incapaz de conseguir por sí sola. Y en parte, sólo en parte, esto se justifica por el bajo nivel de preparación que cultivó a lo largo de los años al focalizar la atención en aspectos más frívolos. Así que ahora siente por su pareja un amor-odio alimentado por ese  “no puedo estar contigo y tampoco sin ti”. Al pasar poco tiempo juntos por la dinámica laboral de él, la situación es llevadera: ella se encuentra en una zona de confort con un techo cómodo y muchos ‘peros’ que siguen fomentando esas dependencias emocional y económica. La primera, la emocional, muy propia de los trastornos de bulimia.

Pero Ana no se ha sentido querida. Ana no se quiere. Se siente vacía como cuando niña; y desde esa actitud, el trastorno bulímico nunca la abandonará.

 

APRENDER A QUERERSE

En consulta, Ana comprende que el trastorno de bulimia tiene relación directa con su gran carencia emocional y afectiva. Comprende que sólo podrá llenar ese vacío con otra cosa que no sea comida, si trabaja en desarrollar su persona interior, su libertad emocional para no depender de forma excesiva del afecto, opiniones, entregas de otros. En definitiva, que debe aprender a quererse.

¿Por qué Ana necesita llenarse y purgarse (como dice ella misma) comiendo y vomitando, respectivamente? Cuando engulle de forma compulsiva y expulsa, limpia, busca mitigar el dolor y la angustia de sentirse abandonada, sola, desarraigada. La práctica tarda poco en convertirse en una actitud patológica que de inmediato genera más dolor y sufrimiento en quien la vive, sobre todo si lo hace en secreto, como Ana.

Cuando la mira comer, su marido ignora la existencia de un comportamiento bulímico. Porque como la mayoría, él asocia la comida a un placer siempre sano, y la posibilidad de comer en exceso a que exista un sobrepeso, lo cual no encaja con la imagen de su pareja: estilizada, atractiva, sexy. Para él, y para la mayoría, ser bulímica conllevaría tener obesidad. Pero la realidad es muy diferente para Ana y para muchísimas personas que sufren esta lacra: tienen un peso óptimo y, sin embargo, son bulímicas.

Salir sola del bucle de engullir y vomitar a Ana se le hace un mundo. Siempre encuentra un ‘pero’: “cuando tenga esto…”, “cuando venda aquello…”, “cuando tenga este trabajo…”, “entonces podré soltar las cosas que me limitan”, se excusa. Así que en la terapia de IT está trabajando su fortalecimiento como persona, empoderar su capacidad real de gestionar su vida y valorar menos las cosas materiales, superficiales. Está aprendiendo a apreciar su esencia y todo aquello que la enriquece interiormente.

Claro que en este camino de desarrollo personal anda lentamente, porque en seguida ella misma se frena. Las resistencias son muy comunes en quienes sufren bulimia y pronto sacan a relucir una actitud egocéntrica donde la continua demanda justifica dejar de hacer y buscar seguridades para avanzar. Pero paso a paso, Ana avanza.