El caso real de esta mujer desmuestra cómo la dependencia puede darse en relación con personas, pero también con creencias, lugares, objetos… Todas las personas dependen emocionalmente unas de otras en algún grado (dependencia no considerada patológica). Pero la dependencia emocional como enfermedad o trastorno se manifiesta cuando depender, necesitar ‘lo que sea’, se vuelve extrema. Este mecanismo, que es resultado de miedos del pasado que acumulamos consciente e inconscientemente, despierta conductas obsesivas y situaciones reiteradas de sufrimiento (centrifugado mental). Este trastorno puede trabajarse para el desarrollo personal, con terapia individual y grupal.

 

Hace unos años que ha terminado la carrera de educación física, ama el deporte, y su propósito es mejorar cada día el rendimiento físico. Elena es joven y fuerte. Corre por la montaña, come kilómetros con la bici, nada… Y lo hace hasta la extenuación, como si cada vez que consumara una de sus rutinas quisiera romper un record personal, ir un poquito más allá de sus posibilidades. Cuando termina, se siente exhausta, incluso dolorida. Pero pletórica, como si hubiese saciado una sed acumulada de varios días. Aunque sólo sea por un rato, porque cuando se va a la cama empieza sentirse otra vez incómoda, intranquila, y se duerme impaciente por que llegue la mañana para ‘chutarse’ otra dosis de ejercicio. Cuando cae la noche, Elena entra en un modo avión en el que le resulta imposible conectar con sus emociones y comprender lo que le pasa: el modo avión permite que no entre información al consciente, aunque la onda sí llega al subconsciente. Sólo percibe que le falta algo, y que necesita moverse para llenar esa ausencia de sentido.

Un día su cuerpo se rompe, le dice “¡basta, no puedo más con tanto sufrimiento y castigo!”. Porque el deporte realizado desde este enfoque obsesivo es de todo menos sano. Elena inconscientemente busca el placer de redimir todo lo que le duele y siente desordenado en su vida, por medio del control de sus fuerzas y el exceso del ejercicio físico. Un exceso que es una droga en toda regla, pero camuflada muchas veces como hábito saludable. Ese día se encuentra sola frente al vacío, sin poder llenarlo con dosis deportivas. Un agujero que se ahonda cada vez más en su pecho. Percibe que todo está perdido, que su vida no tiene sentido, que el tiempo se le escapa y que no llegará…

En realidad, Elena no sabe adónde quiere llegar, pero experimenta esa sensación de tardanza permanente. Y es que su rutina obsesiva de matarse haciendo ejercicio, que incorporó mentalmente desde quién sabe cuándo, le permite sentir el placer de reconocer lo que sucede: sin ella se siente perdida, descentrada, como un barco a la deriva. El vacío se transforma en ansiedad incontrolable. Necesita llenarlo, taparlo de alguna forma. Entonces, va a la nevera y arrasa con todo: dulce y salado; y luego lo vomita. Y así casi todos los días hasta que se recupera de su lesión.

Elena volverá a ejercitarse unas semanas después. Volverá a alcanzar su cuota de rendimiento. Pero volverá a romperse. Y volverá a engullir para saciar el vacío que normalmente llena con el exceso de ejercicio. Y a vomitar para redimir su culpa.