La historia de una chica de 15 años que asiste a las terapias de Inspirando Transformación es un ejemplo de cómo la dependencia emocional hacia los demás puede derivar en un trastorno de alimentación que hace peligrar la salud mental y física.

 

Eva [nombre ficticio] sufre anorexia. Eva tiene 15 años. Eva es una niña que no se siente querida ni aceptada. ¿No la aceptan o no se acepta? ¿No la quieren o no se quiere? ¿Qué es primero, el huevo o la gallina? ¿O más bien es la pescadilla que se muerde la cola?

Lo cierto es que, a ella, según nos cuenta en su terapia en I.T., la Eva que ve en el cristal del baño cada mañana, la Eva que realiza los deberes de clase, la Eva que cuida su estética física o se relaciona con amigos y amigas… esa Eva a ella no le gusta. Esa Eva le despierta una insatisfacción constante, un nivel de frustración insoportable que la hace estallar en llantos y en ira a la mínima opinión inesperada del exterior o al mínimo resultado discordante con sus expectativas (que, como siempre, nunca se cumplen).

Por eso Eva necesita de forma compulsiva la aprobación sin “peros” y la atención de amistades, familia, profesorado… Cualquier comentario sobre lo que es o hace, hunde su autoestima a las profundidades más oscuras. ¿Pero sabe Eva que la seguridad nunca llegará de fuera en forma de “tequieros”, “québuenaeres”, “quéguapa”, “québienlohashecho”? ¿Sabe Eva que ese sentimiento de vulnerabilidad será eterno si ella no aprende a amarse tal y como es?

Eva escucha esto, puede que lo entienda con la cabeza, pero no lo comprende, no lo asimila con el corazón. Porque la dependencia emocional que tiene frente a las miradas de otros, y la falta de libertad para sentir y hacer lo que quiere, le demandan revivir constantemente emociones tóxicas. Inseguridad, envidia, ira, frustración, tristeza… corren por sus venas como cualquier adicto necesita meterse una sustancia. ¿Acaso las emociones no son estímulos  químicos a los que nuestro cerebro se acostumbra?

 

LA OBSESIÓN POR SER PERFECTA

Así que Eva, como cualquier persona dependiente emocional, ha transformado esa demanda compulsiva de aprobación para sentirse segura en una obsesión: ser perfecta. Y ante cualquier situación que no sale como ella espera o desea, en relación con ese ideal, brotan en su interior ataques de ira, crisis de ansiedad, llanto, victimismo, desasosiego… Si a esto le sumamos que Eva va a un colegio privado con un sistema educativo rígido y exigente, la búsqueda de esa perfección conlleva  niveles de sobreesfuerzo y autosuficiencia destructivos. Porque ella cree que si no es capaz de hacer las cosas por sí misma es una inútil, no vale para nada, y eso, eso la entristece enormemente. Se siente frustrada y llora con abundancia.

terapia_anorexiaPero no olvidemos que Eva tiene 15 años. Y la adolescencia es una etapa donde las personas somos muy influenciables por los estereotipos mediáticos de belleza,  por los cánones de la cultura de la imagen. Así que en esa búsqueda de ideal de perfección, Eva ha puesto su mirada, como muchas otras chicas y chicos, en las modelos, tal que arquetipo perfectos.

¿Qué piensa Eva de las modelos? Que al ser perfectas físicamente, “todo el mundo las quiere, no las juzgan, no las critican, no se meten con ellas no importa lo que hagan, siempre estará todo bien hecho”.

Así que en su ignorancia, permeabilidad, inconsciencia y necesidad extrema de aprobación y reconocimiento, Eva hace una ecuación tan simple como peligrosa. A saber: “si las modelos son queridas y aceptadas por su belleza física, debo imitarlas para conseguir lo mismo”. Así Eva, obsesionada por alcanzar ese cuerpo, cae en la terrible trampa de la anorexia, un trastorno de alimentación en el que su cabeza funciona como una báscula que mide milimétricamente cada caloría que ingiere. Y su cuerpo le acompaña como una máquina de quemarlas por medio de un entrenamiento exigente y nada respetuoso con su salud, cuyo único objetivo es alcanzar un físico ficticio, de retoque de photoshop.

 

EL CUERPO COMO OBJETO DE CONTROL

Pero cuando le preguntamos a Eva en I.T. por qué son ideales realmente las modelos, ella rompe a llorar al instante, y se abre: “Todo el mundo me dice que no hago bien las cosas, que las tengo que hacer de otra manera, si las hago porque las hago, y si no las hago porque no las hago…”. Eva depende. Y en esa dependencia enfermiza a cualquier estímulo emocional del exterior, en esa batalla interna diaria entre lo que auténticamente le gustaría y lo que cree que debería para agradar a otros y a la Eva perfecta, su obsesión adquiere formas de control.

¿Querrá Eva aplacar el sentimiento de ingobernabilidad de su propia vida haciendo lo imposible por controlar? Pero, ¿qué quiere controlar Eva?

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Las miradas de los demás hacia ella, en principio, porque es la forma en que se siente segura consigo. Por eso busca la perfección que atribuye a las modelos. ¿Pero esa perfección es real? ¿O tan falsa e inasible como la posibilidad de obtener seguridad interna de aquello que los demás piensan de nosotros?

¿Y si en el fondo Eva se da cuenta de esta imposibilidad de controlar las opiniones ajenas y sus expectativas? ¿Y si al darse cuenta de ello se conforma, inconscientemente, con controlar lo único que sí puede: la ingesta de comida? En ese caso, sería algo así como: “Si no puedo hacer que otras cosas sean como yo quiero y necesito que sean para sentirme segura, a salvo y querida, pues controlo el hecho de comer”.

 

CUANDO EL CONTROL CREA DESCONTROL

Y en última instancia, ¿hablamos de control, realmente? ¿O más bien de descontrol de su conducta, sus emociones, sus pensamientos, su salud…? Cuanto más quiere controlar todos los elementos, todas las circunstancias, todo lo que hace, en esa necesidad de ser perfecta, Eva más se aleja de sí , más se desequilibra, más se estresa.

¿Por qué controlar le produce desequilibrio psicológico? Quizá porque Eva, al buscar obsesivamente el control de aquello que justifica y sostiene sus miedos, profundiza la no aceptación de ella misma, la incomprensión, el no amarse tal y como es. Eva rechaza las características que la hacen única y diferente, se obsesiona y, por tanto, polariza sus comportamientos, pensamientos y emociones. Es decir, que se va a los extremos, pierde toda flexibilidad en su forma de ser. El estado de ignorancia en el que se encuentra su consciencia le impide amarse, y ello implica que sus actitudes sean extremas, lo cual contrasta con la naturaleza armónica de nuestro organismo. Por tanto, provoca una descordinación entre sus hemisferios cerebrales, una menor producción de sinapsis neuronales y hasta la muerte neuronal.  Eva actúa de forma incoherente. En definitiva, las enfermedades mentales tienen todo que ver con la incapacidad de amarnos.

Y en esa incoherencia, Eva no come, no desayuna, no cena, para adelgazar y sentir que controla su cuerpo y… ¿para castigarse y castigar?

En otras palabras: ¿castiga Eva a su cuerpo cuando intensifica el ayuno si ese día no ha salido como ella esperaba, si no ha obtenido los resultados o halagos que deseaba? ¿Castiga a sus familiares y seres queridos cuando no recibe “suficiente” atención, dejando de comer y procurando que estén pendientes de ella como de una niña pequeña? Y cuando lo consigue, ¿por qué percibe entonces ese exceso de vigilancia como un peso asfixiante? ¿Se castiga, y castiga, para lograr lo que quiere y, cuando lo obtiene, se siente llena de deudas, se victimiza…?  ¿Es esto acaso locura?

Puede ser. Como lo entendemos en I.T., se trata del sentimiento de ingobernabilidad de la propia vida que experimentan las personas con dependencia emocional.

Eva dice que no le importa que sea frecuente entre las modelos los trastornos de alimentación, porque lo importante es que la gente las quiere. En su infra-consciencia, se muestra incapaz de percibir la enfermedad y la autodestrucción. Para ella, como para cualquier dependiente emocional que no puede ejercer su libertad de pensamiento y sentimientos, el fin justifica los medios.