Como vemos en este caso real, a menudo desarrollamos conductas que justificamos con argumentos como la madurez emocional, ser demasiado independientes o rechazar el postureo social. Pero que en realidad responden a todo lo contrario: a la dependencia emocional hacia nuestras creencias y miedos, un trastorno muy común que puede trabajarse con terapia individual y de grupo.
Ayer fue su cumpleaños. Hace ya años, no recuerda cuántos, Vicente dejó de anunciarlo y de celebrarlo. Ni Facebook sabe de su aniversario. Sólo le llama su familia y algunas amistades cercanas, si se acuerdan. Él, por supuesto, no dice nada, se excusa ante quienes le recriminan el ocultismo, en que no es importante para él, que prefiere pasarlo consigo, que no le va la marcha, que es una fecha más que no significa nada… En fin, argumentos teñidos de “independencia personal”, de autonomía emocional, por un tubo para justificar esta actitud introvertida, a la defensiva y… ¿egocéntrica? Veamos…

¿Por qué ocultar algo tan natural como la fecha de nacimiento si realmente es tan insignificante para él? ¿Por qué poner, cómo lo viene haciendo, tanta energía o más que si tuviera que celebrarla, para que nadie se entere por ningún medio? Y en el fondo, ¿qué le asusta realmente de dejar fluir, de tratar el tema con naturalidad, de exponerse?

La verdad es que Vicente siente miedo a la ‘vergüenza’. ¿Pero de qué? Quizá de que nadie, o muy pocas personas de los entornos que frecuenta, le saluden. De que su exposición, sobre todo en el universo digital, coseche poco éxito=comentarios=me gustas=reputación=afecto=reconocimiento.  Vergüenza de no recibir el reconocimiento que realmente anhela para sentirse digno, querido, y así poder quererse… ¿Debería ser al revés, en todo caso?

Con las redes sociales, la exposición pública se potencia, y el miedo a que esa exposición fracase en cuanto a repercusión es proporcional. Aunque no lo dice y se muestra escéptico, en el fondo Vicente teme obtener menos me gustas. ¿Menos que quién? Menos que todas las personas a las que espía y que observa cuántos comentarios y me gustas reciben al publicar algo. Porque aunque dice odiar este juego de postureo, en el fondo se lo cree, o su ego le obliga a creerse que es un fiel reflejo de lo que te ‘aman’ y respetan.

¿Acaso hay estadísticas válidas para medir el afecto? Y si fuera así, ¿las demostraciones de afecto exterior pueden suplir la falta de afecto propio que pesa en Vicente?

De pronto se da cuenta que la independencia, la supuesta madurez emocional, que tanto ha pregonado para justificar no exponerme, resultan ser todo lo contrario. Una dependencia extrema, miedo a no ser reconocido, a no ser festejado, a pasar desapercibido en un mundo donde la imagen exterior, social, y hasta digital, parecen prevalecer sobre la interior. Puro ego potenciado que compara el supuesto reconocimiento de otros con el que él granjea; y que le asusta, porque le advierte de que puedo ‘parecer/ser menos’.

En este sentido, Vicente no es menos egocentrista que aquellas personas que se muestran soberbias y omnipotentes. Al final, ambos comportamientos derivan de mirarse el ombligo, de considerarse el centro: ya sea por sentirse más o menos que los demás. Ambos se encuentran encarcelados en su dependencia hacia creencias rígidas de lo que significa ser valorado, querido, aceptado.